Una noche de
fuertes vientos invernales, en el cuarto de un apartamento frío , dos almas están
decidiendo el destino de sus vidas. Un fuerte lazo los une el mismo que hoy resuelven romper, tal
vez no estén convencidos, pero el rencor los malos recuerdos, la incapacidad
para perdonar y un orgullo desmedido, los han empujado a concluir.
Él con
oscuras sombras que bordean sus ojos; producto de mil noches sin dormir, sus
dedos están manchados de nicotina y alquitrán, sus nervios están que explotan,
ha comenzado a partir. Está arrugado por dentro, con sueños sin
finiquito, está abrumado
por la tristeza lleva en sus hombros el peso de la insensatez, en su pecho se
ahoga un grito para no despertar la niñez que duerme inconsciente del terremoto que se desata
al otro lado de la pared, no le preguntaron qué opinaba, si está de acuerdo con
esto, cuál es el daño que
causan, sólo se
olvidaron de él.
Sus mentes
orbitan alrededor de las sombras de los errores, uno con callos en las rodillas
de tanto suplicar, el otro en posición altiva negándose a perdonar.
Ella con sueños rotos,
sin tejer y sin bordar, todavía se
pregunta porqué destruir un hogar, pero es más fuerte el deseo de amarse
primero a si misma que dejarse humillar y enterrar al difunto, aquel que
llamaban hogar. Sus cabellos muestran descuido, sus labios inmadurez de las
palabras que brotan sin ni siquiera pensar.
Él daría la vida, ella moría por él, pero el orgullo es más fuerte
que el pasado que los une, por eso ella decide romper.
En medio del
maremagno de palabras agresivas se va destruyendo un nido, se va marchitando un
querer, se va prolongando una noche que se niega a amanecer.
Él ha tomado la maleta donde comienza a guardar,
las cosas que en el camino le recordaran el hogar.
Coloca un ramo
de flores de las que hay en el jardín, para recordar siempre el aroma de la
mujer que ha amado sin fin.
Se lleva
consigo la sintaxis de sus cuerpos cuando hacían el amor, las fragancias, las
melodías, las noches bañadas en
flor.
Sigue
guardando las cosas en la maleta de su vida, aquella foto perdida de las
sonrisas de ayer, donde no hay insultos ni errores, donde la felicidad se
detiene en una hoja de papel.
Coloca también
tres gotas del agua de la piscina, donde tantas noches seguidas se entregaron al
amor, sólo la luna bañaba sus
cuerpos del infinito y las estrellas celosas caían en aluvión.
Se lleva
consigo, la tenue luz de las velas de la romántica cena, acompañada del
vino que no volverán a beber,
las migas del cumpleaños de aquel
trozo de pastel, el desayuno en la cama, luego de las noches de placer.
Se lleva todos
los besos, los fluidos exultados, las caricias, los albores, las risas y las
miradas de los ojos color miel.
Empaca los días
de mar, las olas benditas que les enseñaron a bailar, el océano
infinito de las noches a pescar, el franco movimiento exquisito de sus cabellos
al danzar y de aquel mechón rebelde que se interpuso en su mirar.
Carga consigo
el deseo, la alegría y la pasión, elementos que abrigaran un largo viaje en avión.
Se lleva la
fresca lluvia que cayó en el jardín y los juegos alegres con su dulce chiquitín.
Deposita en la
maleta todos los amaneceres con cantos
de aves, las melodías de amor que se cantaron y los susurros sublimes al oído
en las noches de plenilunio.
Se lleva la
sutil imágen de sus pechos cuando eclosionaban tímidamente de su blusa de
dormir y los sueños de cada día le invitaban a vivir.
Transporta la
imágen suya reflejada en los ojos de ella, para recordar siempre de su vida la
epopeya.
Ha guardado
todo lo que ha valido la pena, cosas que iluminaran su vida en noches de luna
llena. Deja a ella la soledad, el miedo y el rencor, deseándole sobre todo que
no le causen dolor.
Finalmente se dirige
a la puerta coloca su mano para abrirla, clava su mirada en el suelo, que lo
observa partir, dentro de si un sentimiento que como cruel cancerbero no lo
deja salir.
Como un último
suspiro y sin voltear le pronuncia – Te amo - . Ha cruzado la puerta del olvido, sin escuchar eco en sus labios,
aunque ella muy adentro le respondió: - Yo también.

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